viernes, 27 de enero de 2012

Capítulo 25.

El “tic-tac” constante y relajado de mi corazón había pasado en cuestión de segundos a una descontrolada y descompasada mezcla de ruido. Mis manos eran incapaces de estarse quietas. Mis rodillas, normalmente firmes, sólo sabían temblar. Tenía que recordarme a mí misma que debía respirar. En mi cabeza se sucedían recuerdos, deseos y promesas, la mayoría de ellas rotas. Y mi corazón daba cabida a todo tipo de sentimientos, desde el amor al odio.
Todos mis esfuerzos por evitar este momento, esta situación habían sido en vano, y ahora me encontraba engañándome a mí misma, intentando convencerme, por todos los medios posibles, de que nada era real, que estaba ciega y confundía conceptos. Pero ninguno de mis argumentos eran lo suficientemente creíbles, o tal vez, engañar a mí corazón fuera demasiado difícil. Fuera como fuera, todos parecían pasarlo bien aquella noche y a mí, ni la música me animaba. ¿Por qué tuvo que aparecer? ¿Por qué justo ahora?

Busqué a Erica por todas partes, necesitaba desahogarme. Después de mucho buscar conseguí encontrarla, bailando con Yago. Un ataque de egoísmo recorrió todas mis terminaciones nerviosas. ¿Por qué no estaba conmigo? ¿Por qué estaba con él? ¿Por qué estaba con él y no conmigo? Sentí ganas de ir a separarlos, pero cuando di el primer paso hacía ellos me arrepentí y dejé a un lado mi egoísmo. Me di la vuelta y cuando los había perdido de vista, Erica estaba delante de mí. ¿De dónde había salido?

-Hola.- dijo deslumbrante.

-Hola.

-Vale, ¿qué te pasa?

-¿Por qué crees que me pasa algo?

-Tu cara…- no supe si tomármelo como insulto, pero en cuanto acabara de hablar con ella iría al baño a mirármela.

-Pues… ¿por dónde empezar?- me dedicó una bonita mirada asesina.- Vale, por el principio.

Le conté todo lo ocurrido esa noche y supe por su cara, que era todo un poema, que eso sí que no se lo esperaba.

-¿Y le dijiste que no querías hablar con él?

-Eh…sí…- se río.

-¡Tú no eres tan tímida como nos haces pensar!- le pegué un ligero, pero sonoro, puñetazo en el brazo.- ¡Eh!

-Lo siento, pero esperaba que me dijeras algo más… ¿alentador?

-¿Y qué quieres que te diga?

-Pues un no te preocupes estaría bien.

-Pues no te preocupes.

-Ahora no me vale.

-Está bien. Mira yo sólo te voy a decir que no hagas tonterías, ya sabes que lo que tienes te hace sentir bien y es estable. También sabes que hasta hace poco estabas completamente deprimida por su culpa y fue Dani quien te ayudó.

-Sí.- dije en un hilo de voz.

-Y ahora a pasártelo bien, ¿vale?

-Vale - sonreí.- y tú también, con Yago.- y al decir Yago, la voz me cambió.

-Mira, ya sé que no te gusta mucho pero…- la corté.

-No vamos a hablar de eso ahora. Como tú has dicho hay que pasarlo bien.

Y yo me fui al baño, a mirarme la cara, y ella con Yago. Entré al baño y, por suerte, estaba vacío. Me miré en el espejo, la verdad es que no tenía demasiada buena pinta: el rímel un poco corrido, el pelo alborotado y esa asquerosa pluma agitándose de un lado para otro por no hablar de lo roja que estaba. Abrí el grifo, con las manos cogí un poco de agua y me lavé con ella la cara. Eso me despejó por un instante y me refrescó. Ahora ya no tenía el rímel corrido, directamente no tenía ni pizca de maquillaje. Con las manos me peiné el pelo como pude. Volví a mirarme, había mejorado ligeramente. Antes de salir me saqué la pluma y la dejé en el lavabo, era como si me hubiera sacado un gran peso de encima.
Fuera del baño, todo seguía su ritmo habitual, y a nadie parecía importarle que aquella noche, en aquel local, al menos una persona no se lo estuviera pasando bien. Pienso que los seres humanos somos seres completamente egoístas y tal vez, un tanto hipócritas. No nos gusta sufrir, pero si vemos que otro lo hace no nos importa, de echo incluso nos alegra, que él sufra significa que hoy no me tocará a mí. Sin embargo cuando nos toca a nosotros las cosas cambian, deseamos que todo el mundo esté allí, pendiente de nosotros, como si todo girara a nuestro alrededor  y ver que, a la hora de la verdad no hay nadie allí, nos hace chocarnos de frente con la realidad, una realidad que quizás no es tan afable como la habíamos imaginado.

Después de mucho pensarlo decidí irme a casa, no lo estaba pasando nada bien y para estar amargada, mejor en la cama, además estaba harta de los tacones. Alcanzar la puerta me llevo casi diez minutos. Fuera las calles estaban prácticamente vacías, demasiado tarde para empezar a salir y demasiado pronto para volver. Cuando la música casi se había convertido en un murmullo y la discoteca ya no se veía encontré un banco y me senté. ¡Los tacones me estaban matando! Ya sentada empecé a  sacarme los zapatos, primero uno y cuando iba a sacarme el segundo alguien se sentó en el banco. No le presté atención y empecé a sacarme el segundo.

-¿Por qué?- dijo la persona que estaba sentada a mi lado y se me heló la sangre  al oír su voz, pero no contesté. Dejé los zapatos en el banco y empecé a mover los dedos de los pies para sacar el hormigueo que tenía en ellos.

-¿Por qué no quieres hablarme?- insistió pero, en lugar de contestarle, cogí mi móvil y traté de ignorarlo. Envié un mensaje a mis amigas avisándolas de que me había ido. Luego empecé a jugar al Word Mole. Cuando me cansé del móvil y empecé a juguetear con el pelo, después a morderme las uñas y finalmente empecé a contar los adoquines del suelo. Uno. Dos.  Quería que se fuera, pero, por alguna extraña razón yo no podía moverme de allí. Sentía su respiración a mi lado, su perfume y es que estábamos tan cerca y a la vez tan lejos…
Cincuenta y ocho. Cincuenta y nueve. Estuvo demasiado tiempo esperando una respuesta, pero su respuesta no llegaba. Por fin, cuando ya llevaba ciento dos adoquines, cansado de esperar se levantó y se fue. Había comenzado a alejarse cuando levanté la vista del suelo, perdiendo la cuenta de los adoquines cuando ya llevaba ciento veintiuno, y la clavé en su espalda, cada vez más lejos. Y al verlo alejarse mi voz salió sola.

-¡Desapareciste!- grité y desee que eso fuera suficiente, que se detuviera.

-Nunca me he ido.- dijo girándose.

-Tu estado…- susurré.

-Así que es eso.

-Sí, bueno no… no hubo más llamadas, no hubo más nada. Me hiciste pensar algo que no era.

Me levanté del banco, así, descalza y con los zapatos en una mano.

-Me asusté.- confesó dando un paso hacía mí.- Fue todo demasiado rápido, demasiado intenso. No sabía que hacer o como afrontarlo y decidí tomar el camino fácil,- otro paso- pensé que tal vez podría olvidarte pero está claro que me equivocaba, no pude, -y otro más- nunca he podido. No sé como pensé que podría haberlo conseguido. Ella… no ha significado nada, no es nada comparado contigo. De hecho, apenas duró. Qué irónico, ¿no? Ahora me parece mucho más fácil haberme quedado.

-Pero ahora llegas tarde, hay otro.

-No le quieres.- dijo totalmente convencido.

-Eso tú no lo sabes.

-Acabo de oír como hablas de él. No le quieres.

-Él me aporta estabilidad, nos compenetramos bien, me hace sonreír.

-Pero no le quieres.

-No he dicho eso.

-Tampoco has dicho lo contrario.

-Le quiero, ¿contento?

-No soy ciego y también veo como me miras, aunque trates de negarlo sé que me quieres a mí.- contestó haciendo caso omiso de lo que yo había dicho.

-¿Y por qué debería hacerlo? ¿Por qué dejar lo que conozco por alguien que se asusta de lo que siente?

-No lo voy a negar, llegaré a tu mundo como un huracán, arrasaré con todo y no dejaré nada en pie. Habrá días en que no me soportes, no te preocupes, ni yo mismo lo haré. Te diré que me dejes en paz, que necesito estar solo, no lo hagas, un solo beso tuyo en el cuello puede cambiar mi día por completo.-dio un paso hacía mí.-Habrá días en los que estaré especialmente cariñoso, no rechaces mis besos ya que suelen estar caros. Moveré tierra y marea para encontrar lo que necesitas. Cuando se traté de hacerte reír seré siempre el número uno. Soy orgulloso y cabezota pero sé admitir mis errores. –otro.-En cuanto una lágrima asome por tus ojos estaré allí para secarla. Odiaré que te pases horas y horas arreglándote frente al espejo, pero me quedaré embobado cuando te vea salir con tu vestido nuevo. El sonido de tu risa, mi melodía preferida. –me cogió una mano, me temblaban y sin embargo, el resto de mi cuerpo estaba paralizado.- Pero sobretodo, te querré, te querré como nunca nadie te ha querido.

Por primera vez en la noche lo miré directamente a los ojos. Ahora que volvía a verlo hacía que toda la seguridad que había conseguido se esfume, que todo el odio que sentía hacia él comience a tambalearse, que todos esos momentos guardados bajo llave para no volver a abrise salgan desbordados hacia mí, que las ganas de abrazarlo y no soltarlo sean imposibles de controlar. Con un susurro consigue hacerme temblar y entonces mi corazón se acelera, puso mi mundo patas arriba la primera vez pero ahora hace que dé un giro de 360 grados. Tal vez todavía lo sigo queriendo, ¿no?
Traté de recordar las palabras de Erica: “No hagas…” Pero el azul de sus ojos me sacó de mis pensamientos, y su mano, apretando la mía, me hizo olvidarme de todo. Y así, en un mundo en el que solo existíamos él y yo, me dejé llevar y rocé los labios a los que siempre había soñado besar.

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